El Secreto de la Croqueta

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El Secreto de la Croqueta

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Las croquetas… Ay, las croquetas. Probablemente sean una de las tapas que siempre está presente en el ejercicio del tapeo typical spanish. No tengo datos, pero seguro que están presentes en el 80% de las comandas de raciones, ya sean de las tradicionales de jamón, las de bacalao, las de “puchero“, las modernas croquetas de boletus, o las que nos ocupan hoy: las croquetas de pollo.

Por cierto, me acabo de dar cuenta de que aún no me he presentado. Pido disculpas por la descortesía. Mi nombre es El Atún Rojo (a.k.a @tonohadock) y soy marinero tripulante de este navío. Habitualmente me encuentro en la sala de máquinas y calderas engrasando, reparando y echando combustible al motor del barco, pero de vez en cuando subo a cubierta a respirar aire fresco e izar las velas. Doy una pista, la primera palabra de mi nombre ha de leerse en clave italiana y la segunda en clave corporativa.

Volviendo a las croquetas que nos atañen este estupendo sábado, decir que, como en tantas cosas en la cocina, croquetas las hay de todos los sabores –como enumeraba antes–, formas y colores. Como dicen “cada maestrillo tiene su librillo” y las formas de hacerlas son múltiples. Del mismo modo, es habitual escuchar expresiones del tipo “como las croquetas de mi abuela…“, “donde estén las croquetas de mi madre…” e incluso “pues las de mi suegra…“. Seguro que las hemos escuchado más de una vez. Pues, ¡ya está bien! Acabemos con el matriarcal monopolio de  las “croquetas riquísimas” y sustituyamos el “las croquetas de mi madre” por “las croquetas de mi novio, mujer, tío, hermano, cuñada, colega, vecino, amiga…”. Con esta receta podréis hacer unas croquetas de escándalo de forma sencilla y muy resultona.

Y perdónenme madres, abuelas y suegras, que os queremos mucho, que sabemos que vuestro ingrediente secreto es el cariño 😉

Croquetas de Pollo: Receta

Ingredientes para 6 personas:

250 g de mantequilla.

250 g de harina de trigo.

Un chorrito de aceite de oliva.

Una cebolla picada fina en brunoise –daditos pequeños– (uno de los factores clave para dar sabor y que los anticebolla no se den ni cuenta).

Dos pechugas de pollo hermosas.

Medio limón.

Pizquita de tomillo seco.

3/4 de litro de leche entera.

Una cucharadita de nuez moscada.

Sal y pimienta.

Pan rallado para empanar.

Harina de trigo para empanar.

2 huevos batidos para empanar.

Aceite para freir.

Preparación:

En primer lugar preparamos el pollo. Las opciones son infinitas. Básicamente se trata de obtener un pollo que se desmenuce, así que podemos cocer las pechugas en agua, podemos hacerlas a la plancha e incluso podemos aprovechar las sobras de un pollo asado. Mi propuesta es asar las pechugas con el medio limón, un poquito de sal y un poquito de tomillo seco. Se trata de hornearlas hasta que estén bien hechas y las podamos desmenuzar a continuación con un tenedor.

En una cazuela, rondo, wok, olla o sartén grande con mucho fondo derretimos a fuego medio la mantequilla con un chorrito de aceite para ayudar.

Cuando empiece a ponerse color beige clarito –ojo con no quemarla–, añadimos la cebolla en brunoise y la dejamos pochar bien, que se quede muy transparente. Como decíamos, la cebolla le da un toque de sabor increíble casi obligatorio. Desafortunadamente son muchos los anticebolla, pero si la cortas muy fina y la pochas bien, ni se enterarán. Si eres uno de ellos, confía en mí y ponla.

Cuando la cebolla esté bien ponchada añadimos el pollo. Como ya lo hemos cocinado antes, tampoco tenemos que dejarlo demasiado. Sólo un par de minutos para que se mezclen bien los sabores.

A continuación, agregamos la harina. Se formará un pequeño empastre. El truco consiste en tostar bien la harina para que deje de tener sabor a crudo. Que el conjunto adquiera un suculento tono marrón-dorado.

El siguiente paso es agregar la leche para ir obteniendo nuestra deliciosa bechamel. Primero incorporamos una parte, salpimentamos y añadimos la cucharadita de nuez moscada. Después vamos añadiendo el resto de leche poco a poco sin dejar de remover.

Y seguimos removiendo un poquito hasta conseguir una mezcla espesa y viscosa. Aunque luego tendrá que poder amasarse un poquito para darle forma de croqueta, no tiene que quedar demasiado sólida porque solidificará al enfriarse.

Vertemos la mezcla en una fuente y lo ponemos a enfriar en el frigorífico.

Lo ideal es dejarlo enfriar un par de horas –o hacer la bechamel por la mañana o un día antes–, pero si tenemos prisa no pasa nada por que enfríe 20 minutillos.

Ahora toca hacer las croquetas. Primero ponemos suficiente aceite a calentar para freírlas, que se puedan sumergir sin problemas o tendrás que estar dándoles la vuelta y es un rollo. También puedes utilizar una freidora si tienes.

Los más expertos utilizan dos cucharas para hacer quenelles, pero puedes ponerte en plan niño de guardería y moldear con las manos –mucho más divertido!–.

Una vez amasadas, empieza lo que llamo el “proceso de producción en cadena”. Las pasamos primero por harina, que cojan una fina película blanca. De ahí irán al huevo –ploc, ploc– y después al pan rallado, para acabar en el aceite, donde hay que dejarlas freír hasta que estén bien doraditas.

 

Un plato resultón, entretenido y fácil que se puede acompañar de ensaladilla –mixta, por ejemplo– o formar parte de una increíble cenita a base de tapas y raciones acompañadas de fría cerveza, un vino tinto o un refrescante tinto de verano. Ya me diréis si ahora vuestros amigos, familiares y conocidos empiezan a decir: “las croquetas de mi amigo mengano”.

Mañana colgamos la foto de cómo nos ha quedado.

¡¡Aaaar marrinerro!!

El Atún Rojo

 

 

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